-
Un Buscador de Dios

«Uno que busca a Dios, es aquel individuo cuyo anhelo por Dios nunca queda satisfecho. ¿Realmente quieres conocer a Dios? Realmente quieres conocerle más íntimamente cada día…Descubre lo que significa realmente ser un seguidor de Jesucristo, uno que anhela por más de su presencia»

Job era un buscador de Dios. Dijo: «¡Oh, si supiera dónde puedo encontrarlo!». David lo era; dijo: «Mi alma te sigue con ahínco». Pablo también lo era: «Para conocerlo….» Los caminos apasionados de los buscadores de Dios se pueden rastrear a través de las páginas de la historia, desde Moisés el tartamudo, David el cantante y Pablo el predicador itinerante, hasta personajes contemporáneos como A.W. Tozer, Leonard Ravenhill e innumerables otros que comparten un vínculo común: un hambre insaciable por conocer a su Señor. Se trata de personas que, por su incansable y apasionada búsqueda de Cristo, a menudo parecen tontas a los ojos de los demás. Sin embargo, habiendo probado su bondad y vislumbrado lo invisible, no podían estar satisfechos con nada menos.
Tommy Tenney -
Orando por el Espíritu


Después de advertirnos acerca de los falsos maestros y la impiedad de los últimos días, Judas escribió: «Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo» (Judas 20).
Pablo también nos exhorta a «Orad en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velad en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos» (Efesios 6:18).
Sólo podemos orar de manera efectiva según el Espíritu Santo nos va mostrando y sólo podemos orar en el nombre de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. Esto no quiere decir que simplemente terminamos una oración diciendo: “en el nombre de Jesús oro”. Significa que oramos de una manera que sea consistente con la naturaleza y propósito de Jesús. «En quien tenemos seguridad y acceso con confianza por medio de la fe en él» (Efesios 3:12).
Si vamos a orar en el Espíritu, necesitamos ser llenos del Espíritu (Efesios 5:18-20).
Entonces el Espíritu Santo nos capacita para orar como lo explica Pablo en Romanos 8:26: «De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles».
La palabra traducida «ayuda» es sunantilambano en el idioma griego. Tiene dos preposiciones antes del verbo lambano, que significa tomar. Pablo dice que el Espíritu Santo viene a nosotros, nos levanta, y nos cruza hasta el otro lado, es decir, a Dios. El hecho de que no sabemos realmente cómo o por qué orar demuestra nuestra debilidad. La oración que Dios el Espíritu Santo nos impulsa a orar es la oración que Dios el Padre siempre responderá. Él nos dirige a orar conforme guía nuestros pensamientos. Su guía puede ser tan profunda que las palabras no pueden expresar lo que percibimos en nuestros corazones. El Espíritu Santo conoce nuestros corazones y conoce la voluntad de Dios.
El Espíritu Santo no sólo nos ayuda a orar, sino que intercede por nosotros. Dos miembros de la Trinidad están continuamente orando por nosotros. Juan dice: «Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis. Pero si alguno ha pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo, el justo» (1 Juan 2:1). Según Pablo, «Cristo es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros» (Romanos 8:34).
Tenemos más ayuda de lo que podríamos comprender, y no hay razón para que no podamos orar sin cesar. Sólo pídale a Dios que lo llene con Su Espíritu Santo y comience a darle gracias por todo lo que Él es y por todo lo que Él ha hecho por usted. Luego, deje que el Espíritu Santo revele a su mente la voluntad de su Padre Celestial. Él sabe por qué orar, y Él continuará guiándolo a lo largo del día mientras usted practica la presencia de Dios.
-Dr. Neil
-
La Oración Eficaz


Lo que el hombre no puede hacer en una eternidad, Dios lo puede hacer en un instante, y lo hace en respuesta a nuestras oraciones.
Thomas Chalmers dijo: «La oración no nos habilita para hacer un mejor trabajo para Dios. La oración es un mejor trabajo para Dios».
Samuel demostró este principio cuando dijo: «Esperad aún ahora, y mirad esta gran cosa que Jehová hará delante de vuestros ojos» (1 Samuel 12:16).
Dios no hizo nada hasta que «Samuel clamó a Jehová» (vs. 18).
Santiago dijo: «La oración eficaz del justo puede mucho. Elías era hombre sujeto a pasiones semejantes a las nuestras y oró fervientemente para que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses. Y otra vez oró, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto» (Santiago 5:16-18).
Tanto Samuel como Elías eran justos, y es por eso que fueron eficaces en la oración, pero en todo lo demás no eran diferentes de los demás.
Nunca vamos a ser eficaces en la oración, si acudimos a Dios en situaciones de emergencia y luego volvemos a manejar nuestras propias vidas cuando la crisis pasa. Eso haría que la oración fuera una última opción en vez de nuestra primera opción. No es apropiado pedirle a Dios que bendiga nuestros planes. Le pedimos a Dios humildemente que nos revele Sus planes.
Dios es capaz de hacer cualquier cosa que sea consistente con Su naturaleza. La pregunta es, ¿lo hará? Nunca lo sabremos a menos que le pidamos. La oración no consiste en vencer la renuencia de Dios. Es echar mano de Su buena voluntad.
«Y esta es la confianza que tenemos en él, que si pedimos alguna cosa conforme a su voluntad, él nos oye. Y si sabemos que él nos oye en cualquiera cosa que pidamos, sabemos que tenemos las peticiones que le hayamos hecho» (1 Juan 5:14-15).
Nuestras oraciones siempre serán eficaces si nuestras peticiones e intercesiones están de acuerdo con la Palabra de Dios.
Pablo nos instruyó que estemos velando y orando en el Espíritu por todos los santos (Efesios 6:18). La oración es parte de nuestra protección divina como creyentes.
Necesitamos responder de inmediato en oración a instancia del Espíritu y de las peticiones de nuestros hermanos y hermanas en Cristo.
Además, Pablo nos dice: «Exhorto, ante todo, a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias, por todos los hombres; por los reyes y por todos los que están en eminencia, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad» (1 Timoteo 2:1-2).
Samuel consideraba un pecado contra Dios no orar por los demás (1 Samuel 12:23).
Sin embargo, sólo podemos pedirle al Señor que haga a través de otros lo que estamos dispuestos a que el Señor haga a través de nosotros. Sólo en la medida en que hemos sido probados y aprobados podemos pedir en nombre de los demás. Ni Cristo ni el Espíritu Santo pueden interceder por medio de nosotros en un nivel más alto si primero no han tenido la victoria en nosotros en aquella área.
Cristo es el intercesor perfecto, porque Él tomó el lugar de cada uno por los que se ha orado.
Dr. Neil
-
La Oración y La Alabanza


Si usted viera a un hombre gigante a una milla de distancia, no lo vería muy grande. Pero si usted estuviera de pie delante de él, seguramente lo exaltaría. No diría: «¡Te alabo!». Más bien diría, o al menos pensaría, «¡Vaya, sí que eres grande!». Describiría sus rasgos predominantes. Adorar es expresarle a Dios sus atributos divinos. La adoración no fluye naturalmente de usted si usted no está consciente de la presencia de Dios y piensa que Él está lejos. Pero si de repente usted fuera llevado la gloriosa presencia de Dios, de manera inmediata y voluntaria estallaría en alabanzas: hermoso, impresionante, grande, amoroso, amable, poderoso. De hecho, no hay palabras que puedan describir adecuadamente Su majestad.
Cuando practicamos la presencia de Dios, adorar a Dios es algo natural como lo fue para David en el Salmo 138. Cuando nos enredamos en los asuntos del diario vivir, es fácil perder un sentido de consciencia de Su presencia. Es entonces cuando necesitamos adorar más a Dios. Dios está buscando a los que le adoren en Espíritu y en verdad (Juan 4:23), pero no porque Dios necesite que le digamos quien es Él. Él está totalmente seguro de sí mismo. Necesitamos adorar a Dios, porque es necesario para que mantengamos los atributos divinos de Dios continuamente en nuestras mentes. Habrá momentos en nuestra experiencia cristiana cuando no percibimos su presencia. Durante estos tiempos tenemos que seguir creyendo que Él es omnipresente, omnipotente, omnisciente, y que es nuestro amoroso Padre Celestial.
Cuando David oraba, Dios le respondía. El estar consciente de la presencia de Dios lo hizo audaz y valeroso (Salmo 138:3).
La conciencia de la presencia de Dios y un reconocimiento de quién es Él son requisitos esenciales para la oración.
Jesús nos enseñó cómo dirigirnos a Dios en la oración del Padre Nuestro (Mateo 6:9-13):
- Decir «Padre nuestro que estás en los cielos» implica que tenemos una relación con Él. Como hijos de Dios, tenemos el derecho de pedirle a nuestro Padre Celestial. La crucifixión y la resurrección de Cristo hicieron posible el acceso a Dios.
- Decir «Santificado sea tu nombre» es un acto de alabanza. Es un reconocimiento de que Dios es Santo. Nos dirigimos a un juez en un tribunal de justicia, diciendo: «Su señoría». Si mostramos falta de respeto, nos pueden detener por desacato y echarnos fuera de los tribunales. Nos dirigimos a Dios aún con mayor respeto. El trono de Dios es donde está la máxima autoridad del universo y no hay ningún otro juez remotamente parecido a Él en gloria y majestad.
- Decir: «Venga tu reino, hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo» significa que los planes y prioridades de Su reino superan a los nuestros. Nosotros tratamos de conocer la voluntad de Dios en la oración. No tratamos de convencerlo de nuestra voluntad. Estamos tratando de construir Su reino, no el nuestro.
- Decir «Danos hoy nuestro pan de cada día» es pedir por las necesidades reales, no por los deseos egoístas.
– Dr. Neil
-
Niveles de Oración


El Salmo 95 es un modelo para acercarse a Dios en oración.
Comienza con alabanza y acción de gracias.
El apóstol Pablo casi siempre menciona la oración en el Nuevo Testamento, junto con una actitud de gratitud:
«No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones» (Efesios 1:16).
«Por nada estéis angustiados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias» (Filipenses 4:6).
«Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias» (Colosenses 4:2).
«Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo» (1 Tesalonicenses 5:16-18).
«Vengamos ante su presencia con acción de gracias» (Salmo 95:2 LBLA).
Hay tres niveles de comunicación con Dios en la oración. Cada nivel contiene alabanza y acción de gracias.
- En el primer nivel están las peticiones, que Pablo menciona en: Filipenses 4:6. Santiago añade: «No tenéis lo que deseáis, porque no pedís» (Santiago 4:2). Sin embargo, la matiza diciendo: «Pedís, pero no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites» (4:3). Las peticiones deben ser consistentes con la Oración del Señor, la cual discutimos previamente. Las peticiones son muy a menudo una comunicación unidireccional y la gente se cansa de eso.
- El siguiente nivel de oración es personal y más como un diálogo. A medida que nos acercamos personalmente y humildemente a Dios (Salmos 95:6-7), el salmista dice: «Si oís hoy su voz, No endurezcáis vuestro corazón» (Salmos 95:7-8). La palabra «oír» significa escuchar con el fin de obedecer. Si escucháramos de Dios podríamos estar inclinados a «endurecer nuestros corazones», ya que las primeras cosas en la lista de Dios son temas que tienen que ver con nuestra relación con Él. Así que si hay cuestiones morales no resueltas que usted nunca ha confesado a Dios, puede usted estar seguro que van a estar en la parte superior de Su lista. Todos esos pensamientos distractores con los que luchamos mientras le hacemos nuestras peticiones, en el nivel uno, vienen de Dios o son permitidos por Dios para llamar nuestra atención, incluso si vienen del enemigo. El Señor quiere que nos ocupemos activamente con lo que viene a nuestra mente durante la oración. No hay nada acerca de lo que no podamos hablar con Dios, porque Él ya conoce los pensamientos y las intenciones de nuestro corazón (Hebreos 4:12,13). Estas cuestiones son fundamentales, ya que se refieren a nuestra relación con Dios, lo cual es siempre Su primera preocupación.
- Cuando la oración se convierte en algo tan personal, comenzamos a orar continuamente (1 Tesalonicenses 5:17). Esto hace posible la oración de intercesión, que es el nivel más alto. Hay pocos intercesores verdaderos que tienen la suficiente intimidad con Dios como para oír Su voz y obedecer. Los intercesores escuchan de Dios, perciben la carga por la que orar y perseveran en la oración hasta que la carga se va. Rara vez su tiempo de oración se hace en público. Por lo general, es en la intimidad de sus hogares y, a menudo, tarde en la noche. Dios lleva a cabo una buena parte de su trabajo a través de estos queridos santos que saben cómo orar.
– Dr. Neil
-
El pacto de los vencedores


Yo sé que no puedo salvarme a mí mismo, ni ser libre por mis propios esfuerzos y recursos. Por lo tanto, pongo toda mi confianza y certeza en el Señor y no pongo ninguna confianza en la carne. Cuando sea tentado a vivir mi vida independiente de Dios, declararé que sin Cristo no puedo hacer nada.
Sé que la rebelión es como pecado de adivinación, y la insubordinación, como iniquidad e idolatría. Por lo tanto, elijo conscientemente someterme a Dios y resistir al diablo. Me negaré a mí mismo, tomaré mi cruz cada día y seguiré a Jesús.
Yo sé que Dios se opone a los soberbios y da gracia a los humildes. Por lo tanto, elijo humillarme ante la poderosa mano de Dios, para que Él me exalte a su debido tiempo.
Sé que la ley no es capaz de impartir vida ni darme victoria sobre el pecado. Por lo tanto, por la gracia de Dios, elijo creer que estoy vivo en Cristo y muerto al pecado. Me propongo caminar por fe en el poder del Espíritu Santo.
Sé que mis acciones no determinan quién soy, sino lo que soy determina lo que hago. Por lo tanto, elijo creer la verdad de que ahora soy un hijo de Dios, que es incondicionalmente amado y aceptado.
Como hijo de Dios, sé que estoy bajo el Nuevo Pacto de la gracia. Por lo tanto, elijo creer que el pecado ya no se enseñorea sobre mí.
Estoy espiritualmente vivo y no hay condenación para los que están en Cristo Jesús.
Sé que he programado mi mente nocivamente y he utilizado mi cuerpo como un instrumento de injusticia. Por lo tanto, renuncio a todo uso injusto de mi cuerpo. Presento mi cuerpo a Dios como un sacrificio vivo, y me propongo ser transformado por la renovación de mi mente.
Sé que mis pensamientos no han sido puros. Por lo tanto, me propongo llevar cautivo todo pensamiento a la obediencia de Cristo, y a elegir pensar en lo que es verdadero, honorable, justo, puro y amable.
Sé que voy a enfrentar muchas pruebas y tribulaciones. Por lo tanto, me comprometo a crecer a través de los tiempos difíciles creyendo que todo lo puedo por medio de Cristo que me fortalece.
Sé que es más bienaventurado dar que recibir. Por lo tanto, elijo adoptar la actitud de Cristo, que era no hacer nada por egoísmo o por vanagloria. Con humildad de mente consideraré a los demás como más importantes que yo mismo, y no sólo ver por mis propios intereses personales, sino también por los interés de los demás.
– Dr. Neil
-
Victoria Pírrica


Por: Gonzalo Jiménez
”¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Marcos 8:36)
En el año 279 a. C., el rey Pirro de Epiro lideró a su ejército en una feroz batalla contra las legiones romanas en los campos de Asculum. Aunque logró la victoria, fue un triunfo costoso. Las bajas en su ejército fueron tan devastadoras que, al escuchar felicitaciones por su conquista, Pirro respondió: “Si vencemos así en una batalla más, estaremos completamente arruinados”. Esta expresión dio origen al término “victoria pírrica”, que describe un logro tan costoso que su precio supera cualquier beneficio.
La historia de Pirro nos deja una lección importante: no todas las victorias valen la pena. Podemos ganar una batalla, pero si el precio es nuestra paz, nuestras relaciones o incluso nuestra alma, ¿es realmente una victoria? En nuestra vida diaria, a menudo luchamos por cosas que parecen importantes, pero al final, ¿qué estamos sacrificando en el proceso?
La Biblia nos ofrece ejemplos claros de estas “victorias pírricas” espirituales. Uno de ellos es el del rey Saúl en 1 Samuel 15. Dios le ordenó destruir por completo a los amalecitas y todo lo que les pertenecía. Sin embargo, Saúl decidió desobedecer, quedándose con los mejores animales y permitiendo que el rey enemigo viviera. Aunque parecía haber ganado una victoria militar, perdió algo mucho más valioso: el favor de Dios y su posición como rey. En lugar de obedecer, buscó su propio beneficio, y esa desobediencia tuvo un costo eterno.
Esta historia, junto con la de Pirro, nos hace reflexionar sobre las decisiones que tomamos en nuestras propias batallas. ¿Estamos luchando por cosas que nos alejan de Dios? ¿Estamos sacrificando lo eterno por lo temporal? El mundo nos dice que luchemos por el éxito, el reconocimiento o las riquezas, pero Jesús nos advierte que ganar todo eso no vale nada si perdemos nuestra alma.
En lugar de buscar “victorias” que nos cuesten demasiado, Dios nos llama a buscar Su reino primero. Jesús mismo nos da un modelo diferente de triunfo: Su victoria en la cruz, aunque aparentemente una derrota a los ojos del mundo, fue el triunfo más grande de todos los tiempos. Él sacrificó todo para darnos vida eterna, mostrando que no se trata de ganar según los estándares humanos, sino según el propósito divino.
Pablo también lo expresó claramente: “No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:18). Esto nos invita a fijar nuestros ojos en aquello que realmente importa, en aquello que tiene un valor eterno.
Al cerrar, recordemos esta verdad: no toda victoria es beneficiosa, y no todo esfuerzo vale el precio que implica. Que nuestra meta sea siempre buscar lo que glorifica a Dios y edifica nuestras vidas.
“El caballo se alista para el día de la batalla, pero la victoria pertenece al Señor” (Proverbios 21:31).
-
Alertas Contra los Que Destruyen


«Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.» (1 Juan 4:1)
En nuestras iglesias y familias, a menudo nos enfrentamos a retos internos. Uno de ellos es lidiar con personas cuyos comportamientos pueden traer división y daño a la obra de Dios.
La Biblia nos advierte acerca de los lobos disfrazados de ovejas, quienes aparentan piedad pero actúan con orgullo y deseos de control. En 2 Timoteo 3:1-5, Pablo describe a personas que serán «amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos…» Estas actitudes causan estragos en la comunidad cristiana. Es crucial reconocerlas para proteger nuestras almas y nuestras familias e iglesias.
En la Biblia encontramos ejemplos claros que nos sirven de advertencia. Caín, movido por la envidia, asesinó a su hermano Abel y mostró una total falta de empatía. Saúl, en su necesidad de control, persiguió a David, mostrando manipulación y orgullo desmedido. Herodes el Grande ordenó la matanza de los inocentes por temor a perder su trono, revelando una completa falta de empatía. Judas Iscariote traicionó a Jesús por ganancia material, actuando con frialdad y deslealtad. Nabucodonosor, llevado por su arrogancia, exigió adoración y cometió actos crueles, aunque finalmente reconoció a Dios.
Jesús nos llamó a ser «astutos como serpientes y sencillos como palomas» (Mateo 10:16). Esto significa estar alerta sin perder amor y gracia.Pidamos sabiduría y discernimiento para identificar motivaciones y frutos, recordando que «por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:16). La Biblia es nuestra guía para reconocer lo que es de Dios y lo que no, y solo a través de una relación cercana con Dios podemos recibir Su protección y dirección. Si identificamos actitudes dañinas, confrontemos a estas personas de manera directa y sin ambigüedades, siguiendo Mateo 18:15-17. Una iglesia, una familia unida en amor es más difícil de dividir, y por ello debemos promover relaciones genuinas y compromiso con la verdad de Cristo.
Podemos tener confianza en que Dios está al control. En Juan 10:27-28, Jesús asegura: «Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen; y yo les doy vida eterna, y no perecerán jamás.»
Dios protege a Su iglesia, pero nos llama a ser vigilantes y sabios.
«Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quién devorar.» (1 Pedro 5:8) -
La Roca de la Vida Sin Cristo


Por: Gonzalo Jiménez
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil, y ligera mi carga.” Mateo 11:28-30 (RVR60)
En la mitología griega, Sísifo fue un rey astuto que, debido a sus engaños, recibió un castigo eterno de los dioses. Fue condenado a empujar una enorme roca cuesta arriba por una colina. Sin embargo, cada vez que estaba a punto de alcanzar la cima, la roca rodaba de nuevo hacia abajo, obligándolo a comenzar de nuevo. Este castigo simboliza una lucha interminable, un esfuerzo inútil que nunca logra un propósito o descanso.
¿No se asemeja esto a la vida cuando intentamos vivirla sin Cristo? Muchas veces, al igual que Sísifo, empujamos nuestras propias rocas: los problemas, el pecado, la culpa o las preocupaciones. Buscamos alcanzar la felicidad, el éxito o el reconocimiento por nuestras propias fuerzas, pero al final, todo parece desmoronarse. La roca siempre vuelve a caer, y nos encontramos nuevamente agotados y sin esperanza.
La Biblia enseña que el pecado y nuestra autosuficiencia son como esa pesada roca que llevamos encima. Romanos 6:23 nos dice: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro.” Esto significa que, sin Cristo, nuestras fuerzas nunca serán suficientes. Estamos destinados a una vida sin propósito eterno, cargando con el peso de nuestras fallas y errores.
Además, el libro de Proverbios nos advierte: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte” (Proverbios 14:12).
A menudo pensamos que podemos resolver todo con nuestra propia capacidad, pero este camino nos lleva a más frustración, vacío y desesperanza.
Jesús nos ofrece una alternativa completamente diferente. Él nos invita a dejar nuestras cargas en Sus manos. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar,” dice Mateo 11:28.
Jesús no nos pide que empujemos esa roca solos. Él ya llevó el peso del pecado por nosotros en la cruz. Su yugo es fácil y Su carga ligera porque Él nos da fuerza y dirección. En Cristo encontramos propósito.
“Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.” Juan 8:36 (RVR60)
-
La Navidad y el Regalo de la Vida Abundante

Gonzalo Jiménez

En la tranquilidad de la noche donde nació Jesús, algo extraordinario sucedió. No fue un evento grandioso a los ojos del mundo, sino un milagro humilde: el Rey eterno vino a morar entre nosotros, no en un palacio, sino en un pesebre. Este acto nos recuerda que Dios no busca lo grandioso, sino lo sencillo, lo dispuesto, lo que está abierto a recibirle.
En Juan 10:10, Jesús nos dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Estas palabras resumen la razón de su venida: traer vida plena, vida que no se limita a la existencia física, sino que desborda con propósito, gozo, paz y eternidad. Él no vino para condenar ni para juzgar, sino para restaurar lo que el enemigo, el ladrón, había robado: nuestra relación con Dios, nuestra esperanza y nuestra paz.
El enemigo siempre busca robar, matar y destruir. Su meta es llenarnos de ansiedad, desesperación y alejarnos de la verdadera fuente de vida. Pero en Belén, la esperanza nació. Jesús vino para darnos una vida que trasciende las dificultades, una vida que florece incluso en medio del desierto.
Esta Navidad, recuerda que no se trata solo de luces, regalos o canciones. Se trata de un acto de redención. Dios se hizo hombre para darnos un regalo eterno: la oportunidad de tener comunión con Él y experimentar la plenitud de una vida abundante. Este regalo no se encuentra bajo un árbol, sino en el pesebre donde nació el Salvador, quien ofrece paz a los corazones inquietos y vida a las almas cansadas.
Hoy, mientras celebras, reflexiona: ¿estás viviendo la vida abundante que Jesús te ofrece? No es una vida perfecta ni libre de problemas, pero sí una vida llena de propósito y esperanza. Si todavía no has abierto tu corazón a Él, este es el momento perfecto para hacerlo. Ven al pesebre, inclina tu corazón y recibe el regalo de la vida que nunca perece.
Señor Jesús, gracias porque viniste a este mundo para darnos vida y vida en abundancia. Ayúdame a recordar que la Navidad no se trata solo de tradiciones, sino de Tu amor y sacrificio. Hoy abro mi corazón para recibirte, para que llenes mi vida de Tu luz y propósito. Que esta Navidad sea un renacer en Ti. Amén.
-
La meta de Dios para ti


“Y por esto deben esforzarse en añadir a su fe la buena conducta; a la buena conducta, el entendimiento; al entendimiento, el dominio propio; al dominio propio, la paciencia; a la paciencia, la devoción; a la devoción, el afecto fraternal; y al afecto fraternal, el amor” (2 Pedro 1:5-7).
Un buen resumen de la meta de Dios para ti se halla en 2 Pedro 1:3-10. El principal papel tuyo es adoptar diligentemente las metas de la manera de ser de Dios: virtud, conocimiento, dominio propio, paciencia, piedad, afecto fraternal y amor, aplicándolas a tu vida. Concentrarte en las metas de Dios te conducirá al éxito final: éxito de acuerdo a los términos de Dios. Pedro promete que, a medida que estas cualidades aumenten en tu vida por la ejercitación, serás útil y darás fruto y nunca tropezarás. ¡Eso es éxito!
Fíjate también en que la lista no menciona talentos, inteligencia ni dones, los que no son distribuidos por igual a todos los creyentes. El valor que tú tienes no está determinado por esos rasgos de carácter dados por Dios. El valor que tienes se basa en tu identidad en Cristo y en el crecimiento de tu manera de ser, características ambas que se aplican por igual a todo cristiano. Aquellos que no se comprometen con las metas de Dios para la manera de ser, nunca cumplirán el propósito primario de sus existencias aquí. Según Pedro, se han olvidado quiénes son. Están desconectados de sus verdaderas identidades y propósitos en Cristo.
Dios te ama y nunca te abandonará. Tú estás perdonado por Dios y eres hecho su hijo. Has establecido tu identidad en Cristo y hoy vives en unión con Dios. Te estás caracterizando sin cesar por el fruto del Espíritu. Si realmente creyeras todo lo que es verdad sobre ti, ¿serías un triunfador? ¿Te sentirías bien contigo mismo? ¿Deberías sentirte bien contigo mismo? ¡Por supuesto! Dios no te ha llamado para que seas un fracasado. Sigue tu fórmula bíblica y sea el éxito que Él te ha llamado a ser.
“Señor, te agradezco que todo lo pueda hoy por medio de tu Hijo Jesús quien me fortalece”.Dr. Neil



Deja un comentario