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  • Un Buscador de Dios

    Un Buscador de Dios

    «Uno que busca a Dios, es aquel individuo cuyo anhelo por Dios nunca queda satisfecho. ¿Realmente quieres conocer a Dios? Realmente quieres conocerle más íntimamente cada día…Descubre lo que significa realmente ser un seguidor de Jesucristo, uno que anhela por más de su presencia»

    Job era un buscador de Dios. Dijo: «¡Oh, si supiera dónde puedo encontrarlo!». David lo era; dijo: «Mi alma te sigue con ahínco». Pablo también lo era: «Para conocerlo….» Los caminos apasionados de los buscadores de Dios se pueden rastrear a través de las páginas de la historia, desde Moisés el tartamudo, David el cantante y Pablo el predicador itinerante, hasta personajes contemporáneos como A.W. Tozer, Leonard Ravenhill e innumerables otros que comparten un vínculo común: un hambre insaciable por conocer a su Señor. Se trata de personas que, por su incansable y apasionada búsqueda de Cristo, a menudo parecen tontas a los ojos de los demás. Sin embargo, habiendo probado su bondad y vislumbrado lo invisible, no podían estar satisfechos con nada menos.

    Tommy Tenney
  • Su Discípulo

    Su Discípulo

    Su Discípulo

    “Por tanto, hermanos míos, les ruego por la misericordia de Dios que se presenten ustedes mismos como ofrenda viva, santa y agradable a Dios. Este es el verdadero culto que deben ofrecer.” Romanos ‭12:1‬ ‭DHH.

    Un pastor africano fue apresado por rebeldes que exigían que renunciara a su fe. El pastor se rehusó; la noche anterior a que lo ejecutaran, escribió lo que sigue en un pedazo de papel:

    Soy parte de la comunidad de los No Avergonzados Conozco el poder del Espíritu Santo. Las cartas se han repartido, he cruzado la línea, he tomado la decisión: Soy discípulo de Cristo. 

    No miraré hacia atrás, no cesaré, no daré la vuelta, no callaré. Mi pasado está redimido, mi presente tiene sentido, mi futuro está asegurado. ¡He acabado definitivamente con la vida mezquina, el andar por vista, los planes pequeños, los sueños incoloros, la visión dócil, la conversación mundana, la avaricia a la hora de dar y las metas enanas!

    Ya no necesito la preeminencia, ni la prosperidad, ni los puestos de importancia, ni el aplauso, ni la popularidad. No necesito tener la razón, ni ser el primero, el número uno, ni ser reconocido, admirado o galardonado. Ahora vivo en la presencia de Dios, me apoyo en la fe, amo a los demás con paciencia, los afirmo en mis oraciones y obro en el poder de Dios.

    Mi rumbo es fijo, mi paso firme, mi destino el cielo; el camino es estrecho, la senda es ruda, pocos son los compañeros; mi guía es fiel, mi misión es clara. No me pueden comprar o sobornar, desviar o seducir, diluir o detener. 

    No me acobardaré ante el sacrificio; no vacilaré frente a la adversidad; no negociaré con el enemigo, ni me dejaré tentar por la popularidad, ni vagaré en el laberinto de la mediocridad.

    No me rindo, no me callo, no me freno, no me extingo hasta que haya predicado, orado, pagado, atesorado y velado hasta lo último por la causa de Cristo.

    Soy discípulo de Jesús; prosigo hasta que él venga, doy hasta que me agote, predico hasta que todos oigan y trabajo hasta que Él diga: ¡basta!

    Y cuando Él venga a recoger a los suyos, me reconocerá sin problema. Mis colores serán bien claros. Señor, te ruego desarrolles en mí la paciencia y fidelidad para ir en pos de tu meta para mí vida, aunque me vea enfrentado al rechazo.

    Dr. Neil

    Diariamente en Cristo

  • Confrontando el Autoengaño

    Confrontando el Autoengaño

    Satanás nos tienta para que pequemos y nos detiene en nuestro caminar mediante las acusaciones, pero su arma más insidiosa es el engaño, porque no sabemos cuándo estamos siendo engañados. 

    A través del engaño, el padre de mentira ha llevado al mundo entero por un mal camino

     “Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.” APOCALIPSIS‬ ‭12‬:‭9‬ ‭RVR1960‬‬

    Es por eso que la verdad nos hace libres y por qué el cinto de la verdad es la primera pieza de nuestra armadura protectora. 

    Jesús oró para que fuéramos guardados del maligno al ser santificados en la verdad de la Palabra de Dios

    “No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” JUAN‬ ‭17‬:‭15‬-‭17‬ ‭RVR1960‬‬

    Santiago nos amonestó para no errar o no ser engañados

    “Amados hermanos míos, no erréis.” SANTIAGO‬ ‭1‬:‭16‬ ‭RVR1960‬‬

    Hay tres vías principales a través de los cuales podemos ser engañados: 

    1. Autoengaño
    2. Falsos profetas o maestros
    3. Espíritus engañadores. 

    La Escritura identifica al menos ocho formas en las que podemos engañarnos a nosotros mismos.

    1. Nos engañamos a nosotros mismos si escuchamos la palabra de Dios, pero no la hacemos (ver Santiago 1:22-25). «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16). Nos engañamos a nosotros mismo si pensamos que la Biblia es sólo un libro de texto que nos provee de conocimiento. Difícilmente nos daremos cuenta de cuan centrados en nosotros mismos y rectos ante nuestros propios ojos somos, pero otros probablemente verán la hipocresía. Cuando la Biblia es un espejo, nos baja un poco, nos vuelve a levantar, y nos entrena en justicia.
    2. Nos engañamos a nosotros mismos si decimos que no tenemos pecado (ver 1 Juan 1:8). Tener pecado y ser pecado son dos cosas diferentes. No somos santos sin pecado; somos santos que pecan. Si seguimos diciendo que no hemos hecho nada malo, podemos empezar a creerlo.
    3. Nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que somos algo que no somos (ver Romanos 12:3, Gálatas 6:3). Somos hijos de Dios, por la gracia de Dios, que estamos viviendo nuestras vidas ante Dios. ¡Aquellos que piensan que son especiales no saben que realmente sí lo son!
    4. Nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos que somos sabios según este siglo (ver 1 Corintios 3:18-19). Profesando ser sabios nos hicimos necios (ver Romanos 1:22). «Lo insensato de Dios es más sabio que los hombres» (1 Corintios 1:25). Sabiduría es ver la vida desde la perspectiva de Dios, no la nuestra. Algún día veremos plenamente, pero ahora apenas uno de nuestros ojos comienza ligeramente a abrirse. No tenemos ni idea de lo que está pasando alrededor nuestro en el reino espiritual.
    5. Nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos que somos religiosos, pero no refrenamos nuestra lengua (ver Santiago 1:26). Los cristianos llenos del Espíritu muestran dominio propio y sólo usan sus palabras para edificar a otros (ver Efesios 4:29-30). Los que no pueden controlar sus lenguas están negando la ira que tienen dentro.
    6. Nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos que no vamos a cosechar lo que sembramos (ver Gálatas 6:7). Todo lo que pensamos y hacemos tiene consecuencias, y un día daremos cuenta de nuestras palabras y acciones.
    7. Nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos que los injustos heredarán el reino de Dios (ver 1 Corintios 6:9-10). No podemos defender un estilo de vida pecaminoso y decir que somos cristianos, llamando al pecado algo distinto de lo que es.
    8. Nos engañamos a nosotros mismos cuando nos asociamos con malas compañías y pensamos que no nos corromperemos (ver 1 Corintios 15:33). El pecado es contagioso. «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Corintios 10:12).

    – Dr. Neil

  • Bancarrota

    Bancarrota

    Por: Gonzalo Jiménez

    “Porque ¿de qué le aprovechará al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?” (Marcos 8:36, RVR1960)

    En la Barcelona medieval, los mercados bullían de vida. En el corazón de la plaza, los banqueros instalaban sus mesas de madera —sus “bancos”— sobre los cuales negociaban préstamos, firmaban contratos y cambiaban monedas bajo el sol mediterráneo. Estas mesas no eran solo muebles; eran símbolos de confianza y prestigio en una ciudad comercial clave de la Corona de Aragón. Pero si un banquero no podía pagar sus deudas, el castigo era devastador: su banco era destruido en un acto público, un eco de Banca Rotta —“banco roto”—, término que dio origen a nuestra palabra “Bancarrota”. Historiadores como Raymond de Roover, en sus estudios sobre la banca medieval, describen esta práctica en ciudades como Venecia, Florencia y Barcelona. Las leyes catalanas, reguladas por el Consell de Cent y los Usatges de Barcelona, imponían sanciones severas a los insolventes: confiscación de bienes, destierro o prisión. La destrucción del banco era un espectáculo humillante, diseñado para advertir a otros sobre las consecuencias de fallar en el comercio, donde la confianza lo era todo. En algunos casos, los banqueros arruinados enfrentaban el ostracismo social, perdiendo su lugar en la comunidad mercantil. Este acto marcaba no solo la ruina económica, sino la caída de un nombre, un legado reducido a astillas en la plaza.

    Si estás en bancarrota, si sientes que no puedes más, es hora de cambiar de vida. Tu banco de vida, construido lejos de Dios, yace destrozado. El peso del pecado, la culpa o el vacío te ha quebrado, pero no estás perdido. Solo te queda mirar a Jesús, y así hallarás redención. En la cruz, Él pagó tu deuda eterna (Colosenses 2:14), como un maestro artesano que restaura una reliquia rota. Entrégale tu corazón, y Él transformará tu bancarrota en un testimonio vibrante, donde cada fragmento roto brilla con su gracia transformadora.

    Si eres hijo de Dios y sientes que estás en bancarrota, levántate, porque en Cristo tenemos herencia, y así caminarás en victoria. Las tormentas emocionales o financieras pueden hacerte sentir como si tu banco se rompiera ante el mundo, pero tu valor no está en tus posesiones ni en tu estabilidad emocional, sino en las promesas de Dios. Filipenses 4:19 declara: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.” 

    Como un banquero medieval que se levanta tras la ruina, confía en que Dios teje un nuevo comienzo. Cada pérdida es un lienzo para su gloria, cada lágrima un paso hacia su restauración. La bancarrota no es tu fin; es el escenario donde Dios obra milagros. Mira a Jesús, el restaurador de vidas rotas, y deja que Él convierta tu plaza de derrota en un altar de esperanza.

    “Confía en Jehová con todo tu corazón, y no te apoyes en tu prudencia. Reconócele en todos tus caminos, y él enderezará tus veredas.” (Proverbios 3:5-6, RVR1960)

  • El Síndrome del Impostor

    El Síndrome del Impostor

    Por: Gonzalo Jiménez

    “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” (Romanos 8:33-34, RVR1960)

    El síndrome del impostor no es solo un fenómeno psicológico; es una herida espiritual que aflige a los jóvenes en un mundo saturado de espejos deformantes. Los jóvenes, navegando en las sucias aguas de las redes sociales, enfrentan un bombardeo constante de imágenes de perfección: cuerpos ideales, carreras meteóricas, vidas sin fisuras.

    Un estudio reciente en Colombia revela que el 70% de los jóvenes entre 15 y 28 años experimentan esta sensación de ser un “fraude”, convencidos de que sus logros son inmerecidos o fruto de la casualidad. Las redes sociales, con su culto a la validación externa, convierten los me gusta en un termómetro de valor personal, mientras que otras plataformas exacerban la comparación con profesionales que parecen inalcanzables. Este entorno fomenta una autopercepción distorsionada, donde el joven no se ve como Dios lo ve, sino como un reflejo insuficiente de estándares humanos.

    Esta lucha no es meramente psicológica; es un campo de batalla espiritual. La voz que susurra “no eres suficiente” resuena en la mente, alimentando ansiedad, aislamiento y un perfeccionismo paralizante. El 58% de los jóvenes en industrias competitivas reportan esta inseguridad, y las mujeres, enfrentando estereotipos de género, son un 18% más propensas a sentirla. Esta crisis de identidad no es un accidente; es un asalto deliberado contra la verdad de quiénes somos en Cristo

    Este no es un tema ajeno para Dios. Desde Génesis, Satanás se revela como el gran impostor, el maestro del engaño que usurpa la verdad para esclavizar. En Isaías 14:12-14, vemos su rebelión: “Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios… seré semejante al Altísimo”. Su impostura no es solo un acto de arrogancia; es un intento de suplantar la identidad de Dios, de hacerse pasar por lo que no es. En el Edén, como serpiente, no solo engañó a Eva, sino que sembró la semilla de la duda: “¿Conque Dios os ha dicho…?” (Génesis 3:1). Su estrategia no ha cambiado: cuestionar la verdad de Dios sobre nosotros.

    El síndrome del impostor es una extensión de esta mentira primigenia. Satanás, el “acusador de nuestros hermanos” (Apocalipsis 12:10), nos susurra que no somos dignos, que nuestro lugar en el Reino es inmerecido. Usa las redes sociales como un megáfono moderno, amplificando comparaciones que nos hacen olvidar que somos “escogidos de Dios, santos y amados” (Colosenses 3:12). Este engaño espiritual nos aleja de la certeza de Romanos 8:33-34: nadie puede acusarnos, porque Dios nos justifica, y Cristo intercede por nosotros.

    Frente a esta batalla, la Palabra nos llama a un discipulado radical. No basta con rechazar la mentira; debemos saturarnos de la verdad. Salmos 139:14 nos recuerda que somos “formidables y maravillosos”, creados con propósito divino. La respuesta al síndrome del impostor no es la autoafirmación humana, sino la rendición a la verdad de Dios. Esto requiere:

    • Arraigo en la Palabra: Meditar en pasajes como Efesios 1:4-5, que afirman nuestra elección antes de la fundación del mundo.
    • Resistencia al mundo: Santiago 4:7 nos exhorta a resistir al diablo, lo que incluye rechazar los estándares falsos de las redes sociales.
    • Comunidad de fe: En Hebreos 10:24-25, se nos llama a exhortarnos mutuamente, contrarrestando el aislamiento con la comunión.

    Satanás, el impostor, no tiene poder sobre aquellos que se aferran a la obra de Cristo donde desarmó las potestades (Colosenses 2:15). Al abrazar nuestra identidad en Él, silenciamos la voz del acusador y caminamos en la libertad de ser quienes Dios dice que somos.

    “El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10, RVR1960)

  • Reconectándonos en un mundo digital

    Reconectándonos en un mundo digital

    Por: Gonzalo Jiménez

    “Sáname, Señor, y seré sanado; sálvame y seré salvo, porque tú eres mi alabanza.” (Jeremías 17:14, NVI)

    Vivimos en un mundo hiperconectado donde las pantallas prometen cercanía, pero a menudo nos entregan soledad. La paradoja del aislamiento digital es que, mientras estamos a un clic de distancia de miles de personas, nuestras almas pueden sentirse más solas que nunca. Las redes sociales, los mensajes instantáneos y las notificaciones constantes nos envuelven en un torbellino de comunicación superficial que carece de profundidad. Como dice el filósofo Byung-Chul Han, la velocidad de la comunicación digital sacrifica la autenticidad, dejando un vacío emocional. Un “visto” sin respuesta en WhatsApp puede doler más que el silencio de antaño, porque refleja una desconexión que va más allá de lo tecnológico: es una desconexión del corazón.

    Las causas de este aislamiento son múltiples: la saturación de información nos abruma, los algoritmos nos encierran en burbujas de ideas similares, y la falta de matices en la comunicación digital —sin tono de voz ni contacto visual— enfría nuestras relaciones.

    Las consecuencias son profundas: ansiedad, depresión, pérdida de compasión y una sociedad fragmentada donde los encuentros cara a cara son reemplazados por interacciones efímeras. El silencio digital, ese mensaje no respondido o esa notificación ignorada, se convierte en un grito mudo, un reflejo de nuestra incapacidad para conectar de verdad.

    El aislamiento digital refleja una realidad espiritual que muchos enfrentamos: la desconexión de Dios y de los demás. Así como revisamos nuestras pantallas buscando validación, a menudo buscamos llenar el vacío de nuestro corazón con cosas pasajeras, ignorando la voz de Dios que nos llama a una relación profunda y restauradora. El Salmo 62:1 nos recuerda: “Solo en Dios halla descanso mi alma; de él viene mi salvación” (NVI). Cuando nos dejamos consumir por el ruido del mundo —ya sea digital o espiritual—, perdemos la capacidad de escuchar a Dios y de conectar con los demás en amor genuino. El aislamiento digital es un espejo de nuestra tendencia a aislarnos espiritualmente. Preferimos la autosuficiencia, como las redes sociales que promueven la imagen personal, en lugar de rendirnos a la comunidad y a la dependencia de Dios.

    Pero Jesús nos mostró el camino: Él se apartaba del bullicio para orar (Lucas 5:16), buscando la presencia del Padre. Nosotros también estamos llamados a apagar el ruido, a priorizar la calidad sobre la cantidad, y a buscar encuentros auténticos con Dios y con los demás. Reconectarnos significa practicar la presencia, escuchar con empatía y permitir que el Espíritu Santo sane nuestras heridas de soledad.

    Superar el aislamiento requiere valentía para apagar las pantallas y abrir el corazón. Reservemos tiempo para la oración, para escuchar a Dios sin distracciones. Busquemos relaciones reales, cara a cara, donde la empatía y el amor reflejen el corazón de Cristo. Allí, en la presencia de Dios, encontramos sanidad y verdadera conexión.

    “Vengan a mí todos los que están cansados y cargados, y yo les daré descanso.” (Mateo 11:28, NVI)

    Oración:

    Señor, en un mundo lleno de ruido, ayúdanos a encontrar tu paz. Sana nuestra soledad, reconéctanos contigo y con los demás. Danos sabiduría para usar la tecnología con propósito y valor para buscar relaciones auténticas. Amén.

  • La Altura de Nuestro Carácter

    La Altura de Nuestro Carácter

    Por Gonzalo Jiménez

    “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.” Salmos‬ ‭139‬:‭23‬-‭24‬ ‭

    Hace unos años, se habló de un avión comercial que seguía surcando los cielos con una fisura de 15 centímetros en su fuselaje. Los ingenieros, tras un análisis cuidadoso, descubrieron que podía volar si se mantenía por debajo de los 10,000 pies. A esa altitud, la presión atmosférica no forzaba demasiado la grieta, permitiendo que el avión cumpliera su propósito durante meses, transportando vidas de un lugar a otro. Sin embargo, subir a 30,000 pies habría sido catastrófico: la presión habría ampliado la fisura hasta hacer colapsar la estructura. Solo tras una reparación completa, el avión recuperó su capacidad de ascender sin límites.

    Esta imagen nos confronta con una verdad espiritual que va más allá de lo evidente. Nuestras vidas son como ese avión: llevamos grietas ocultas en el alma, heridas del pasado, resentimientos enquistados o un corazón que a veces se endurece ante el dolor. Dios, en su soberanía, nos permite avanzar, pero con una altitud restringida. No es castigo, es protección. Cuando intentamos alcanzar metas espirituales o ministeriales más altas esas fisuras se hacen evidentes. La presión revela lo frágil que podemos ser, y es entonces cuando entendemos que nuestro carácter no está listo para soportar el peso de una bendición mayor.

    Pensemos en esto con profundidad: ¿qué significa que Dios nos limite? No es un rechazo, sino un acto de amor que nos invita a un proceso de transformación radical. Esas grietas —nuestra impaciencia, nuestro juicio hacia otros, nuestra lucha con la humildad— son el terreno donde Él obra. Dios usa las presiones de la vida para moldearnos. Pero esto no es superficial; requiere que miremos dentro de nosotros con honestidad. ¿Qué parte de mí se resquebraja bajo la presión? ¿Qué me impide reflejar su imagen plenamente?

    Esta historia nos enseña que la reparación no es instantánea. Toma tiempo y esfuerzo devolver la integridad. Así también, sanar nuestro carácter demanda rendición y una entrega diaria a la obra del Espíritu Santo. Jesús, en su humanidad, enfrentó tentaciones y dolor, pero su carácter perfecto sostuvo su misión. Nosotros, imperfectos, somos llamados a ese mismo camino de redención. No se trata solo de volar alto, sino de ser transformados en el proceso, hasta que nuestras grietas sean selladas por su gracia y podamos ascender como instrumentos de su gloria.

    “Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús.” Filipenses 1:6

  • El Brain Rot y su impacto

    El Brain Rot y su impacto

    Por: Gonzalo Jiménez

    Un alto en el camino: Venciendo el Brainrot con Jesús

    Vivimos en un mundo que no da tregua. Las pantallas nos bombardean con videos, memes y notificaciones que, aunque parecen inofensivos, pueden agotar nuestra mente y corazón. A esto le llaman brainrot, una palabra que en 2024 se llevó el título de “palabra del año” según el Oxford English Dictionary. No es solo una moda; describe cómo el consumo constante de contenido vacío—esos videos virales que nos atrapan o publicaciones que olvidamos al segundo—puede nublarnos, hacernos sentir dispersos y alejarnos de la paz que Dios quiere para nosotros.

    El brainrot golpea directo a la corteza prefrontal, esa parte del cerebro que actúa como un capitán en nuestra cabeza. Es la que nos ayuda a controlar emociones, frenar impulsos y tomar decisiones con cabeza fría. Tiene tres áreas: una que maneja lo que sentimos, otra que nos da motivación y una tercera que planifica y organiza. Pero el ritmo de hoy—con su exceso de información, la presión por la gratificación instantánea y el estrés que no para—la debilita. Nos volvemos más impulsivos, ansiosos, y hasta nuestra identidad se siente como un rompecabezas sin armar, algo que el sociólogo Zygmunt Bauman llamó “identidad líquida”. Esto no solo nos desconcentra; puede abrir la puerta a la ansiedad o la tristeza. Pero hay esperanza, y Jesús nos enseña el camino.

    Jesús vivió en un mundo lleno de ruido y demandas, pero nunca perdió el rumbo. Se apartaba para orar en soledad, como cuenta Lucas 5:16, buscando al Padre para renovarse. Se llenaba de las Escrituras, usándolas para vencer la tentación (Mateo 4:4). Ese es nuestro modelo.

    La Biblia nos dice en Romanos 12:2: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.”

    Al seguir a Jesús, podemos sanar nuestra mente. Orar y meditar en la Palabra nos da paz y fortalece nuestro autocontrol, como el “dominio propio” del que habla Gálatas 5:22-23. Descansar, como nos enseña el mandamiento del sábado (Éxodo 20:8-10), nos desconecta del caos digital. Y estar en comunidad, como dice Hebreos 10:24-25, nos recuerda que no estamos solos. Cuando ponemos cada pensamiento bajo la autoridad de Cristo (2 Corintios 10:5), nuestra mente encuentra descanso.

    Hoy, haz una pausa. Silencia el celular, respira hondo y ora. Lee un versículo y déjalo resonar.

    Pregúntate: ¿Estoy dejando que el brainrot me robe la claridad? Dios quiere renovarte. Confía en Él.

    Como dice Filipenses 4:6-7: “Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego… y la paz de Dios… guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”

  • ¿Quieres Ser Sano?

    ¿Quieres Ser Sano?

    Hay tres tipos de personas a las que no se les puede ayudar:

    1. Las primeras son las que no quieren reconocer que tienen un problema o darse cuenta de su necesidad de Dios. 
    2. Las segundas, son aquellas que saben que están en problemas, pero su orgullo no les permite pedir la ayuda que necesitan. Su autosuficiencia les está impidiendo encontrar su suficiencia en Cristo. La vida se encarga de llevar a estos dos tipos de personas hasta el final de sus propios recursos. El Pablo seguro tuvo que ser derribado antes de volverse a Cristo para obtener de Él su confianza (2 Corintios 3:4-5).
    3. El tercer tipo de personas a las que no se les puede ayudar son las que realmente no quieren sanar. Tal fue el caso del hombre que estuvo inválido durante treinta y ocho años. Se acostaba a un lado del estanque de Betesda, donde los ciegos, cojos y paralíticos llegaban para ser sanados. Se suponía que un ángel venía y agitaba las aguas y el que entraba en ellas en ese momento era sanado. El Señor le preguntó: «¿Quieres ser sano?» (Juan 5:6) Esa fue una pregunta muy profunda, y no cruel. El enfermo respondió con una excusa. ¡No había nadie que lo llevara al agua y siempre había alguien que llegaba antes que él!  Este hombre no mostró fe en Dios, pero el Señor, en Su soberanía, eligió curarlo de todos modos. Jesús le advirtió que dejara de pecar porque las consecuencias eternas del pecado son mucho peor que su dolencia física. Para mostrar su gratitud, ¡el hombre lo entregó por curarlo en sábado! Jesús le quitó su excusa y, probablemente, su fuente de ingresos a través de la mendicidad. 

    Hay personas que realmente no quieren curarse. Han construido una excusa para no sobreponerse a las circunstancias. A causa de su enfermedad, reciben atención y compasión de los demás. Muchos tratan de tener sus necesidades básicas satisfechas a través de la mendicidad, la seguridad social y la caridad. 

    Si el enfermo realmente hubiera querido ser sano, habría encontrado una manera de entrar al estanque. Si en verdad quisiéramos sanar, haríamos lo que fuera necesario hacer para superar nuestras enfermedades. No nos enojaríamos con Dios, o culparíamos a alguien más. Escogeríamos creer que podemos superar nuestras deficiencias en Cristo y que podemos hacer todas las cosas a través de Aquel que nos fortalece. 

    • Si tenemos que tragarnos nuestro orgullo y humillarnos, lo hacemos. 
    • Si tenemos que someternos a un proceso que nos aconsejan tomar las personas en las que confiamos, lo hacemos. 
    • Si tenemos que renunciar a un estilo de vida injusto, lo hacemos. 
    • Si tenemos que pedir que nos perdonen, lo hacemos. 
    • Si tenemos que perdonar, lo hacemos.
    • Si tenemos que perseverar bajo presión, lo hacemos. 

    Hacemos lo que sea necesario para convertirnos en la persona que Dios nos creó para que fuéramos, porque Jesús hizo lo que hacía falta para que estuviéramos vivos y libres en Él. 

    La prueba del carácter de una persona está determinada por lo que se necesita hacer para que deje de perseguir sus propias convicciones.

    “En verdad, consideramos dichosos a los que perseveraron” (Santiago 5:11, NVI).

    – Dr. Neil

  • La tuerca de Jesús

    La tuerca de Jesús

    Por: Gonzalo Jiménez
    “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.” (Colosenses 2:8)

    Hace apenas unos días, el 10 de abril de 2025, Nueva York quedó marcada por una tragedia que nos hizo detenernos a pensar. Un helicóptero Bell 206, que ofrecía un paseo turístico sobre el río Hudson, se estrelló de manera devastadora, quitándole la vida a las seis personas que iban a bordo. Entre ellas, una familia española que celebraba un cumpleaños, llena de ilusión por ese momento especial. Según las primeras noticias que circularon, el accidente ocurrió por una falla mecánica, y algunos expertos mencionaron que el problema pudo estar en un componente conocido como la “tuerca de Jesús”. Este nombre, junto con otros como “Bulón Cristo”, “Tuerca del Señor” o “Jesus Nut”, es una expresión que usan los pilotos para referirse a una pieza clave en algunos helicópteros, como el UH-1 Iroquois, que fija el rotor principal al mástil. Se cuenta que este término nació entre los soldados estadounidenses en la Guerra de Vietnam, aunque otros dicen que podría venir de Igor Sikorsky, un pionero de los helicópteros que era muy creyente. También hay quienes creen que el nombre refleja lo que pasa si esa tuerca falla: el rotor se desprende y, en medio del caos, lo único que queda es clamar a Jesús. A pesar de que estos pernos son muy seguros, siempre es necesario revisar el eje antes de volar, y algunos helicópteros modernos ya no los usan.

    Curiosamente, los veteranos de Vietnam de la Asociación Rattler Firebird tienen una tradición: le dan una “Tuerca de Jesús” cromada a los miembros que viajan desde lejos para sus reuniones, como un gesto de honor. Pero más allá de lo técnico, este concepto me lleva a reflexionar sobre algo mucho más profundo: nuestra vida con Cristo.

    La “Tuerca de Jesús” me hace pensar en una verdad espiritual que no podemos ignorar. Así como esa tuerca es vital para que el helicóptero no se caiga, Jesús es el fundamento que sostiene nuestra vida. En Colosenses 2:8, Pablo nos dice que no nos dejemos engañar por ideas humanas que nos alejan de Cristo, porque solo Él es la base sólida. Jesús mismo lo explicó en Mateo 7:24-27, cuando habló de un hombre sabio que construye su casa sobre roca y puede enfrentar cualquier tormenta, frente a un necio que construye sobre arena y termina perdiéndolo todo. 

    Si no estamos firmes en Cristo, es como si voláramos sin esa tuerca: tal vez todo parezca bien por un momento, pero cuando llegan las pruebas—los problemas, las tentaciones, las dudas—nos derrumbamos. El accidente del Hudson nos duele porque una sola falla se llevó a todos los que estaban a bordo. Igual pasa cuando no tenemos a Cristo como nuestro centro: nuestro colapso no solo nos lastima a nosotros, sino también a los que amamos. Como dice 1 Corintios 3:11, no hay otro fundamento más que Jesús.

    Hoy quiero invitarte a que te detengas y pienses: ¿dónde está puesto el fundamento de tu vida? ¿Es Cristo quien te sostiene, o has dejado que otras cosas—ideas del mundo, tus propios planes, o incluso tradiciones—tomen Su lugar? La “Tuerca de Jesús” nos muestra algo claro: sin Cristo, todo se desmorona. Si no estamos anclados en Él, nos exponemos a un vacío que puede llevarnos a la destrucción, a una vida sin rumbo y, lo más triste, a una eternidad separados de Dios, como nos advierte Apocalipsis 21:8. Es un riesgo que no podemos tomar a la ligera. Pero hay una buena noticia que llena de esperanza: Jesús está esperándote con los brazos abiertos. Él quiere ser tu fundamento, tu roca, tu refugio. Pídele hoy que examine tu corazón, que te muestre cualquier área donde no estás dependiendo de Él, y renueva tu compromiso de vivir en Su luz. 

    Que este accidente nos recuerde lo frágil que es la vida y lo importante que es aferrarnos a Cristo cada día. Él es quien nos sostiene, quien nos da vida eterna. 

    Como dice la Palabra: “Por tanto, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5:17)

  • Orando por Salvación

    Orando por Salvación

    Dios le dijo a Jonás que fuera a Nínive y predicara, pero se negó. A causa de su desobediencia, se encontró en el vientre de un pez orando por su salvación (Jonás 2). 

    Jonás fue a Nínive y para su desilusión ellos se arrepintieron y Dios cedió en su intención. Jonás sabía que Dios iba a salvar a los ninivitas si se arrepentían, y él no quería que estos enemigos de Israel se salvaran. Percibiendo su ira, Dios le dio a Jonás una lección objetiva. Si se justificaba que Jonás estuviera molesto por la pérdida de una planta de cuya existencia en nada había contribuido, ¿no se justificaba que Dios mostrara amor y preocupación por la gente de Nínive, a quienes había creado?

    La historia de Jonás nos obliga a examinar nuestros propios corazones. ¿Queremos que el juicio de Dios caiga sobre toda la gente perdida de este mundo, o queremos que se arrepientan y crean? 

    Si los perdidos son nuestros enemigos, entonces la pregunta pone a prueba nuestro carácter. 

    ¿Tenemos un corazón como el de Jonás o tenemos un corazón como el de Dios? 

    No todos somos llamados a ser misioneros o evangelistas de tiempo completo, pero todos somos llamados a compartir nuestra fe y a orar. 

    Hay dos principios que necesitamos saber para poder orar eficazmente por los perdidos:

    1. Jesús dijo: «A la verdad la mies es mucha, pero los obreros pocos. Rogad, pues, al Señor de la mies, que envíe obreros a su mies» (Mateo 9:37-38). Si usted tiene carga por orar por alguien o algún grupo de personas que no conocen al Señor, entonces pídale a Dios que les envíe un mensajero. Dios tiene que trabajar a través de las vías que Él estableció para la salvación de los perdidos en este mundo. En Romanos 10:14-15, Pablo explica en qué consiste el proceso: ¿Cómo, pues, invocarán a aquel en el cual no han creído? ¿Y cómo creerán en aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados?».
    2. Juan escribió: «Si alguno ve a su hermano cometer pecado que no sea de muerte, pedirá, y Dios le dará vida» (1 Juan 5:16). El contexto de este pasaje habla claramente acerca de la vida espiritual y la muerte, no de la vida física y la muerte. La gente perdida de este mundo está muerta en sus delitos y pecados. Jesús vino para que tengamos vida. Así que Juan nos está diciendo que le pidamos a Dios que les dé vida eterna. Nuestras oraciones no los salvan. Son salvados por su propia fe personal en la obra terminada de Cristo. Sin embargo, en Su soberanía, Dios ha elegido llevar a cabo Su plan de salvación a través de la Iglesia. Nosotros decidimos creer, pero Dios es quien nos salva. Dios obra milagrosamente en respuesta a nuestras oraciones, incluyendo la salvación de las almas.

    -Dr. Neil

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