
Satanás nos tienta para que pequemos y nos detiene en nuestro caminar mediante las acusaciones, pero su arma más insidiosa es el engaño, porque no sabemos cuándo estamos siendo engañados.
A través del engaño, el padre de mentira ha llevado al mundo entero por un mal camino
“Y fue lanzado fuera el gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás, el cual engaña al mundo entero; fue arrojado a la tierra, y sus ángeles fueron arrojados con él.” APOCALIPSIS 12:9 RVR1960
Es por eso que la verdad nos hace libres y por qué el cinto de la verdad es la primera pieza de nuestra armadura protectora.
Jesús oró para que fuéramos guardados del maligno al ser santificados en la verdad de la Palabra de Dios
“No ruego que los quites del mundo, sino que los guardes del mal. No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.” JUAN 17:15-17 RVR1960
Santiago nos amonestó para no errar o no ser engañados
“Amados hermanos míos, no erréis.” SANTIAGO 1:16 RVR1960
Hay tres vías principales a través de los cuales podemos ser engañados:
- Autoengaño
- Falsos profetas o maestros
- Espíritus engañadores.
La Escritura identifica al menos ocho formas en las que podemos engañarnos a nosotros mismos.
- Nos engañamos a nosotros mismos si escuchamos la palabra de Dios, pero no la hacemos (ver Santiago 1:22-25). «Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia» (2 Timoteo 3:16). Nos engañamos a nosotros mismo si pensamos que la Biblia es sólo un libro de texto que nos provee de conocimiento. Difícilmente nos daremos cuenta de cuan centrados en nosotros mismos y rectos ante nuestros propios ojos somos, pero otros probablemente verán la hipocresía. Cuando la Biblia es un espejo, nos baja un poco, nos vuelve a levantar, y nos entrena en justicia.
- Nos engañamos a nosotros mismos si decimos que no tenemos pecado (ver 1 Juan 1:8). Tener pecado y ser pecado son dos cosas diferentes. No somos santos sin pecado; somos santos que pecan. Si seguimos diciendo que no hemos hecho nada malo, podemos empezar a creerlo.
- Nos engañamos a nosotros mismos si pensamos que somos algo que no somos (ver Romanos 12:3, Gálatas 6:3). Somos hijos de Dios, por la gracia de Dios, que estamos viviendo nuestras vidas ante Dios. ¡Aquellos que piensan que son especiales no saben que realmente sí lo son!
- Nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos que somos sabios según este siglo (ver 1 Corintios 3:18-19). Profesando ser sabios nos hicimos necios (ver Romanos 1:22). «Lo insensato de Dios es más sabio que los hombres» (1 Corintios 1:25). Sabiduría es ver la vida desde la perspectiva de Dios, no la nuestra. Algún día veremos plenamente, pero ahora apenas uno de nuestros ojos comienza ligeramente a abrirse. No tenemos ni idea de lo que está pasando alrededor nuestro en el reino espiritual.
- Nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos que somos religiosos, pero no refrenamos nuestra lengua (ver Santiago 1:26). Los cristianos llenos del Espíritu muestran dominio propio y sólo usan sus palabras para edificar a otros (ver Efesios 4:29-30). Los que no pueden controlar sus lenguas están negando la ira que tienen dentro.
- Nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos que no vamos a cosechar lo que sembramos (ver Gálatas 6:7). Todo lo que pensamos y hacemos tiene consecuencias, y un día daremos cuenta de nuestras palabras y acciones.
- Nos engañamos a nosotros mismos cuando pensamos que los injustos heredarán el reino de Dios (ver 1 Corintios 6:9-10). No podemos defender un estilo de vida pecaminoso y decir que somos cristianos, llamando al pecado algo distinto de lo que es.
- Nos engañamos a nosotros mismos cuando nos asociamos con malas compañías y pensamos que no nos corromperemos (ver 1 Corintios 15:33). El pecado es contagioso. «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga» (1 Corintios 10:12).
– Dr. Neil



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