
Por: Gonzalo Jiménez
“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” (Romanos 8:33-34, RVR1960)
El síndrome del impostor no es solo un fenómeno psicológico; es una herida espiritual que aflige a los jóvenes en un mundo saturado de espejos deformantes. Los jóvenes, navegando en las sucias aguas de las redes sociales, enfrentan un bombardeo constante de imágenes de perfección: cuerpos ideales, carreras meteóricas, vidas sin fisuras.
Un estudio reciente en Colombia revela que el 70% de los jóvenes entre 15 y 28 años experimentan esta sensación de ser un “fraude”, convencidos de que sus logros son inmerecidos o fruto de la casualidad. Las redes sociales, con su culto a la validación externa, convierten los me gusta en un termómetro de valor personal, mientras que otras plataformas exacerban la comparación con profesionales que parecen inalcanzables. Este entorno fomenta una autopercepción distorsionada, donde el joven no se ve como Dios lo ve, sino como un reflejo insuficiente de estándares humanos.
Esta lucha no es meramente psicológica; es un campo de batalla espiritual. La voz que susurra “no eres suficiente” resuena en la mente, alimentando ansiedad, aislamiento y un perfeccionismo paralizante. El 58% de los jóvenes en industrias competitivas reportan esta inseguridad, y las mujeres, enfrentando estereotipos de género, son un 18% más propensas a sentirla. Esta crisis de identidad no es un accidente; es un asalto deliberado contra la verdad de quiénes somos en Cristo
Este no es un tema ajeno para Dios. Desde Génesis, Satanás se revela como el gran impostor, el maestro del engaño que usurpa la verdad para esclavizar. En Isaías 14:12-14, vemos su rebelión: “Subiré al cielo, por encima de las estrellas de Dios… seré semejante al Altísimo”. Su impostura no es solo un acto de arrogancia; es un intento de suplantar la identidad de Dios, de hacerse pasar por lo que no es. En el Edén, como serpiente, no solo engañó a Eva, sino que sembró la semilla de la duda: “¿Conque Dios os ha dicho…?” (Génesis 3:1). Su estrategia no ha cambiado: cuestionar la verdad de Dios sobre nosotros.
El síndrome del impostor es una extensión de esta mentira primigenia. Satanás, el “acusador de nuestros hermanos” (Apocalipsis 12:10), nos susurra que no somos dignos, que nuestro lugar en el Reino es inmerecido. Usa las redes sociales como un megáfono moderno, amplificando comparaciones que nos hacen olvidar que somos “escogidos de Dios, santos y amados” (Colosenses 3:12). Este engaño espiritual nos aleja de la certeza de Romanos 8:33-34: nadie puede acusarnos, porque Dios nos justifica, y Cristo intercede por nosotros.
Frente a esta batalla, la Palabra nos llama a un discipulado radical. No basta con rechazar la mentira; debemos saturarnos de la verdad. Salmos 139:14 nos recuerda que somos “formidables y maravillosos”, creados con propósito divino. La respuesta al síndrome del impostor no es la autoafirmación humana, sino la rendición a la verdad de Dios. Esto requiere:
- Arraigo en la Palabra: Meditar en pasajes como Efesios 1:4-5, que afirman nuestra elección antes de la fundación del mundo.
- Resistencia al mundo: Santiago 4:7 nos exhorta a resistir al diablo, lo que incluye rechazar los estándares falsos de las redes sociales.
- Comunidad de fe: En Hebreos 10:24-25, se nos llama a exhortarnos mutuamente, contrarrestando el aislamiento con la comunión.
Satanás, el impostor, no tiene poder sobre aquellos que se aferran a la obra de Cristo donde desarmó las potestades (Colosenses 2:15). Al abrazar nuestra identidad en Él, silenciamos la voz del acusador y caminamos en la libertad de ser quienes Dios dice que somos.
“El ladrón no viene sino para hurtar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” (Juan 10:10, RVR1960)





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