
Por Gonzalo Jiménez
“Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; Pruébame y conoce mis pensamientos; Y ve si hay en mí camino de perversidad, Y guíame en el camino eterno.” Salmos 139:23-24
Hace unos años, se habló de un avión comercial que seguía surcando los cielos con una fisura de 15 centímetros en su fuselaje. Los ingenieros, tras un análisis cuidadoso, descubrieron que podía volar si se mantenía por debajo de los 10,000 pies. A esa altitud, la presión atmosférica no forzaba demasiado la grieta, permitiendo que el avión cumpliera su propósito durante meses, transportando vidas de un lugar a otro. Sin embargo, subir a 30,000 pies habría sido catastrófico: la presión habría ampliado la fisura hasta hacer colapsar la estructura. Solo tras una reparación completa, el avión recuperó su capacidad de ascender sin límites.
Esta imagen nos confronta con una verdad espiritual que va más allá de lo evidente. Nuestras vidas son como ese avión: llevamos grietas ocultas en el alma, heridas del pasado, resentimientos enquistados o un corazón que a veces se endurece ante el dolor. Dios, en su soberanía, nos permite avanzar, pero con una altitud restringida. No es castigo, es protección. Cuando intentamos alcanzar metas espirituales o ministeriales más altas esas fisuras se hacen evidentes. La presión revela lo frágil que podemos ser, y es entonces cuando entendemos que nuestro carácter no está listo para soportar el peso de una bendición mayor.
Pensemos en esto con profundidad: ¿qué significa que Dios nos limite? No es un rechazo, sino un acto de amor que nos invita a un proceso de transformación radical. Esas grietas —nuestra impaciencia, nuestro juicio hacia otros, nuestra lucha con la humildad— son el terreno donde Él obra. Dios usa las presiones de la vida para moldearnos. Pero esto no es superficial; requiere que miremos dentro de nosotros con honestidad. ¿Qué parte de mí se resquebraja bajo la presión? ¿Qué me impide reflejar su imagen plenamente?
Esta historia nos enseña que la reparación no es instantánea. Toma tiempo y esfuerzo devolver la integridad. Así también, sanar nuestro carácter demanda rendición y una entrega diaria a la obra del Espíritu Santo. Jesús, en su humanidad, enfrentó tentaciones y dolor, pero su carácter perfecto sostuvo su misión. Nosotros, imperfectos, somos llamados a ese mismo camino de redención. No se trata solo de volar alto, sino de ser transformados en el proceso, hasta que nuestras grietas sean selladas por su gracia y podamos ascender como instrumentos de su gloria.
“Estoy convencido de esto: el que comenzó tan buena obra en ustedes la llevará a cabo hasta el día de Cristo Jesús.” Filipenses 1:6




Deja un comentario