
Hay tres tipos de personas a las que no se les puede ayudar:
- Las primeras son las que no quieren reconocer que tienen un problema o darse cuenta de su necesidad de Dios.
- Las segundas, son aquellas que saben que están en problemas, pero su orgullo no les permite pedir la ayuda que necesitan. Su autosuficiencia les está impidiendo encontrar su suficiencia en Cristo. La vida se encarga de llevar a estos dos tipos de personas hasta el final de sus propios recursos. El Pablo seguro tuvo que ser derribado antes de volverse a Cristo para obtener de Él su confianza (2 Corintios 3:4-5).
- El tercer tipo de personas a las que no se les puede ayudar son las que realmente no quieren sanar. Tal fue el caso del hombre que estuvo inválido durante treinta y ocho años. Se acostaba a un lado del estanque de Betesda, donde los ciegos, cojos y paralíticos llegaban para ser sanados. Se suponía que un ángel venía y agitaba las aguas y el que entraba en ellas en ese momento era sanado. El Señor le preguntó: «¿Quieres ser sano?» (Juan 5:6) Esa fue una pregunta muy profunda, y no cruel. El enfermo respondió con una excusa. ¡No había nadie que lo llevara al agua y siempre había alguien que llegaba antes que él! Este hombre no mostró fe en Dios, pero el Señor, en Su soberanía, eligió curarlo de todos modos. Jesús le advirtió que dejara de pecar porque las consecuencias eternas del pecado son mucho peor que su dolencia física. Para mostrar su gratitud, ¡el hombre lo entregó por curarlo en sábado! Jesús le quitó su excusa y, probablemente, su fuente de ingresos a través de la mendicidad.
Hay personas que realmente no quieren curarse. Han construido una excusa para no sobreponerse a las circunstancias. A causa de su enfermedad, reciben atención y compasión de los demás. Muchos tratan de tener sus necesidades básicas satisfechas a través de la mendicidad, la seguridad social y la caridad.
Si el enfermo realmente hubiera querido ser sano, habría encontrado una manera de entrar al estanque. Si en verdad quisiéramos sanar, haríamos lo que fuera necesario hacer para superar nuestras enfermedades. No nos enojaríamos con Dios, o culparíamos a alguien más. Escogeríamos creer que podemos superar nuestras deficiencias en Cristo y que podemos hacer todas las cosas a través de Aquel que nos fortalece.
- Si tenemos que tragarnos nuestro orgullo y humillarnos, lo hacemos.
- Si tenemos que someternos a un proceso que nos aconsejan tomar las personas en las que confiamos, lo hacemos.
- Si tenemos que renunciar a un estilo de vida injusto, lo hacemos.
- Si tenemos que pedir que nos perdonen, lo hacemos.
- Si tenemos que perdonar, lo hacemos.
- Si tenemos que perseverar bajo presión, lo hacemos.
Hacemos lo que sea necesario para convertirnos en la persona que Dios nos creó para que fuéramos, porque Jesús hizo lo que hacía falta para que estuviéramos vivos y libres en Él.
La prueba del carácter de una persona está determinada por lo que se necesita hacer para que deje de perseguir sus propias convicciones.
“En verdad, consideramos dichosos a los que perseveraron” (Santiago 5:11, NVI).
– Dr. Neil




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