
Por: Gonzalo Jiménez
“Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo.” (Colosenses 2:8)
Hace apenas unos días, el 10 de abril de 2025, Nueva York quedó marcada por una tragedia que nos hizo detenernos a pensar. Un helicóptero Bell 206, que ofrecía un paseo turístico sobre el río Hudson, se estrelló de manera devastadora, quitándole la vida a las seis personas que iban a bordo. Entre ellas, una familia española que celebraba un cumpleaños, llena de ilusión por ese momento especial. Según las primeras noticias que circularon, el accidente ocurrió por una falla mecánica, y algunos expertos mencionaron que el problema pudo estar en un componente conocido como la “tuerca de Jesús”. Este nombre, junto con otros como “Bulón Cristo”, “Tuerca del Señor” o “Jesus Nut”, es una expresión que usan los pilotos para referirse a una pieza clave en algunos helicópteros, como el UH-1 Iroquois, que fija el rotor principal al mástil. Se cuenta que este término nació entre los soldados estadounidenses en la Guerra de Vietnam, aunque otros dicen que podría venir de Igor Sikorsky, un pionero de los helicópteros que era muy creyente. También hay quienes creen que el nombre refleja lo que pasa si esa tuerca falla: el rotor se desprende y, en medio del caos, lo único que queda es clamar a Jesús. A pesar de que estos pernos son muy seguros, siempre es necesario revisar el eje antes de volar, y algunos helicópteros modernos ya no los usan.
Curiosamente, los veteranos de Vietnam de la Asociación Rattler Firebird tienen una tradición: le dan una “Tuerca de Jesús” cromada a los miembros que viajan desde lejos para sus reuniones, como un gesto de honor. Pero más allá de lo técnico, este concepto me lleva a reflexionar sobre algo mucho más profundo: nuestra vida con Cristo.
La “Tuerca de Jesús” me hace pensar en una verdad espiritual que no podemos ignorar. Así como esa tuerca es vital para que el helicóptero no se caiga, Jesús es el fundamento que sostiene nuestra vida. En Colosenses 2:8, Pablo nos dice que no nos dejemos engañar por ideas humanas que nos alejan de Cristo, porque solo Él es la base sólida. Jesús mismo lo explicó en Mateo 7:24-27, cuando habló de un hombre sabio que construye su casa sobre roca y puede enfrentar cualquier tormenta, frente a un necio que construye sobre arena y termina perdiéndolo todo.
Si no estamos firmes en Cristo, es como si voláramos sin esa tuerca: tal vez todo parezca bien por un momento, pero cuando llegan las pruebas—los problemas, las tentaciones, las dudas—nos derrumbamos. El accidente del Hudson nos duele porque una sola falla se llevó a todos los que estaban a bordo. Igual pasa cuando no tenemos a Cristo como nuestro centro: nuestro colapso no solo nos lastima a nosotros, sino también a los que amamos. Como dice 1 Corintios 3:11, no hay otro fundamento más que Jesús.
Hoy quiero invitarte a que te detengas y pienses: ¿dónde está puesto el fundamento de tu vida? ¿Es Cristo quien te sostiene, o has dejado que otras cosas—ideas del mundo, tus propios planes, o incluso tradiciones—tomen Su lugar? La “Tuerca de Jesús” nos muestra algo claro: sin Cristo, todo se desmorona. Si no estamos anclados en Él, nos exponemos a un vacío que puede llevarnos a la destrucción, a una vida sin rumbo y, lo más triste, a una eternidad separados de Dios, como nos advierte Apocalipsis 21:8. Es un riesgo que no podemos tomar a la ligera. Pero hay una buena noticia que llena de esperanza: Jesús está esperándote con los brazos abiertos. Él quiere ser tu fundamento, tu roca, tu refugio. Pídele hoy que examine tu corazón, que te muestre cualquier área donde no estás dependiendo de Él, y renueva tu compromiso de vivir en Su luz.
Que este accidente nos recuerde lo frágil que es la vida y lo importante que es aferrarnos a Cristo cada día. Él es quien nos sostiene, quien nos da vida eterna.
Como dice la Palabra: “Por tanto, si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas.” (2 Corintios 5:17)




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