La Oración y La Alabanza

Si usted viera a un hombre gigante a una milla de distancia, no lo vería muy grande. Pero si usted estuviera de pie delante de él, seguramente lo exaltaría. No diría: «¡Te alabo!». Más bien diría, o al menos pensaría, «¡Vaya, sí que eres grande!». Describiría sus rasgos predominantes. Adorar es expresarle a Dios sus atributos divinos. La adoración no fluye naturalmente de usted si usted no está consciente de la presencia de Dios y piensa que Él está lejos. Pero si de repente usted fuera llevado la gloriosa presencia de Dios, de manera inmediata y voluntaria estallaría en alabanzas: hermoso, impresionante, grande, amoroso, amable, poderoso. De hecho, no hay palabras que puedan describir adecuadamente Su majestad.

Cuando practicamos la presencia de Dios, adorar a Dios es algo natural como lo fue para David en el Salmo 138. Cuando nos enredamos en los asuntos del diario vivir, es fácil perder un sentido de consciencia de Su presencia. Es entonces cuando necesitamos adorar más a Dios. Dios está buscando a los que le adoren en Espíritu y en verdad (Juan 4:23), pero no porque Dios necesite que le digamos quien es Él. Él está totalmente seguro de sí mismo. Necesitamos adorar a Dios, porque es necesario para que mantengamos los atributos divinos de Dios continuamente en nuestras mentes. Habrá momentos en nuestra experiencia cristiana cuando no percibimos su presencia. Durante estos tiempos tenemos que seguir creyendo que Él es omnipresente, omnipotente, omnisciente, y que es nuestro amoroso Padre Celestial.

Cuando David oraba, Dios le respondía. El estar consciente de la presencia de Dios lo hizo audaz y valeroso (Salmo 138:3). 

La conciencia de la presencia de Dios y un reconocimiento de quién es Él son requisitos esenciales para la oración. 

Jesús nos enseñó cómo dirigirnos a Dios en la oración del Padre Nuestro (Mateo 6:9-13):

  1. Decir «Padre nuestro que estás en los cielos» implica que tenemos una relación con Él. Como hijos de Dios, tenemos el derecho de pedirle a nuestro Padre Celestial. La crucifixión y la resurrección de Cristo hicieron posible el acceso a Dios.
  2. Decir «Santificado sea tu nombre» es un acto de alabanza. Es un reconocimiento de que Dios es Santo. Nos dirigimos a un juez en un tribunal de justicia, diciendo: «Su señoría». Si mostramos falta de respeto, nos pueden detener por desacato y echarnos fuera de los tribunales. Nos dirigimos a Dios aún con mayor respeto. El trono de Dios es donde está la máxima autoridad del universo y no hay ningún otro juez remotamente parecido a Él en gloria y majestad. 
  3. Decir: «Venga tu reino, hágase tu voluntad, en la tierra como en el cielo» significa que los planes y prioridades de Su reino superan a los nuestros. Nosotros tratamos de conocer la voluntad de Dios en la oración. No tratamos de convencerlo de nuestra voluntad. Estamos tratando de construir Su reino, no el nuestro. 
  4. Decir «Danos hoy nuestro pan de cada día» es pedir por las necesidades reales, no por los deseos egoístas.

– Dr. Neil

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