Gonzalo Jiménez

En la tranquilidad de la noche donde nació Jesús, algo extraordinario sucedió. No fue un evento grandioso a los ojos del mundo, sino un milagro humilde: el Rey eterno vino a morar entre nosotros, no en un palacio, sino en un pesebre. Este acto nos recuerda que Dios no busca lo grandioso, sino lo sencillo, lo dispuesto, lo que está abierto a recibirle.
En Juan 10:10, Jesús nos dice: “Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia.” Estas palabras resumen la razón de su venida: traer vida plena, vida que no se limita a la existencia física, sino que desborda con propósito, gozo, paz y eternidad. Él no vino para condenar ni para juzgar, sino para restaurar lo que el enemigo, el ladrón, había robado: nuestra relación con Dios, nuestra esperanza y nuestra paz.
El enemigo siempre busca robar, matar y destruir. Su meta es llenarnos de ansiedad, desesperación y alejarnos de la verdadera fuente de vida. Pero en Belén, la esperanza nació. Jesús vino para darnos una vida que trasciende las dificultades, una vida que florece incluso en medio del desierto.
Esta Navidad, recuerda que no se trata solo de luces, regalos o canciones. Se trata de un acto de redención. Dios se hizo hombre para darnos un regalo eterno: la oportunidad de tener comunión con Él y experimentar la plenitud de una vida abundante. Este regalo no se encuentra bajo un árbol, sino en el pesebre donde nació el Salvador, quien ofrece paz a los corazones inquietos y vida a las almas cansadas.
Hoy, mientras celebras, reflexiona: ¿estás viviendo la vida abundante que Jesús te ofrece? No es una vida perfecta ni libre de problemas, pero sí una vida llena de propósito y esperanza. Si todavía no has abierto tu corazón a Él, este es el momento perfecto para hacerlo. Ven al pesebre, inclina tu corazón y recibe el regalo de la vida que nunca perece.
Señor Jesús, gracias porque viniste a este mundo para darnos vida y vida en abundancia. Ayúdame a recordar que la Navidad no se trata solo de tradiciones, sino de Tu amor y sacrificio. Hoy abro mi corazón para recibirte, para que llenes mi vida de Tu luz y propósito. Que esta Navidad sea un renacer en Ti. Amén.





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