
Y el mundo pasa, y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:17).
La gente de occidente ha empezado a sentir, en los últimos treinta años, que hay más en la vida de lo que la ciencia revela y sus sentidos perciben; y naturalmente tienen razón.
Esta nueva hambre puede parecer alentadora, en su superficie, para los que tenemos una cosmovisión cristiana.
Sin embargo, de hecho, esa misma gente desilusionada del mundo materialista también está desilusionada de la religión instituida, por lo que en vez de volverse a Cristo llenan sus vacíos espirituales con el viejo ocultismo revestido con el moderno ropaje de la parasicología, la salud integral, el misticismo oriental y numerosas sectas que desfilan bajo la bandera del movimiento de la Nueva Era.
Tratar de satisfacer las necesidades espirituales aparte de Dios no constituye nada nuevo. Cristo encontró ya una forma secularizada del judaísmo a comienzos de su ministerio terrenal, la cual estaba atada a sus tradiciones en lugar de seguir al Dios de Abraham, Isaac y Jacob.
Los dirigentes religiosos de la época no reconocieron al Mesías como libertador espiritual de ellos pues no captaron que estaban oprimidos por el dios de este mundo, Satanás, sino por Roma, pero Jesús vino a deshacer las obras de Satanás (1 Juan 3:8), no las del emperador.
La mentira final de Satanás es que usted es capaz de ser el dios de su propia vida y su esclavitud definitiva es hacer que usted viva como si su mentira fuera verdad.
Satanás está dedicado a usurpar el lugar de Dios en su vida y triunfa toda vez que usted viva independiente de Dios, enfocándose en usted mismo en lugar de mirar la cruz, prefiriendo los valores materiales fugaces antes que los espirituales eternos.
La solución para este conflicto de identidad que ofrece el mundo consiste en inflar el ego, negando a Dios la oportunidad de tomar su justo lugar como Señor. Nada podría complacer más al diablo pues ése fue su plan desde el principio.
Todopoderoso Dios, renuncio a toda inclinación mía a creer que soy capaz de ser el dios de mi vida. Tú sólo eres Señor y Rey.
Dr. Neil Anderson




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